Pese a las adversidades y a las condiciones desfavorables, López Obrador estuvo nuevamente en Sonora y para infortunio de sus detractores volvió a demostrar que mantiene la confianza de muchos de los sonorenses que en el 2006 le dieron cerca de 240 mil sufragios; no olvidemos que esos votos le representaron el segundo lugar en el Estado y que en algunos municipios, como Cananea, el primer sitio. Pese al sabido cerco informativo que rodea sus actividades, hubo medios que siguieron el largo recorrido que hizo por el Norte sonorense. Las crónicas publicadas ilustran la especie de fascinación que produce entre la gente el contacto con el tabasqueño.
Mientras que, en su mayoría, los dirigentes están enfrascados en la aritmética electoral y especialmente en el mundo plurinominal, cafeceando y fumando en reuniones interminables, el tabasqueño pueblea y fortalece así su contacto con la ciudadanía. En tanto que los grupos de poder perfeccionan el arte de la tenebra y negocian en lo oscurito, López Obrador recorre cada Municipio de México. Éste es uno de los aspectos que lo hacen distinto al resto de la clase política mexicana; se muestra incansable, pues se alimenta de la energía que le trasmiten sus simpatizantes.
Ahora bien ¿tiene futuro un político de este tipo en un contexto donde son los medios electrónicos los que hacen y destruyen personajes? No son pocos los especialistas que aseguran que el ‘Peje’ cavó, con sus errores, su propia tumba. La toma de Reforma, el mandar al diablo las instituciones, su insatisfacción ilimitada, son ejemplos utilizados por sus críticos como las pifias que hicieron de AMLO un cadáver político. Sus desaciertos y excesos son innumerables y reconocidos hasta por los propios simpatizantes; sin embargo, como se demostró en la entidad, permanece relativamente intacta su capacidad de convocatoria ¿Cómo explicar esa durabilidad cuando sabemos que normalmente los políticos “derrotados” son como los kleenex que se desechan una vez cumplida su tarea?
Varios factores ayudan a comprender el fenómeno político encarnado en López Obrador. Uno de ellos tiene que ver con el hecho de seguir representando, para muchos, el anhelo de cambio y esperanza de un mejor futuro; esta característica ya lo había convertido en un fenómeno en el 2006. También, cuenta su intachable comportamiento público. No se le conoce ningún asunto de corrupción y tampoco complicidades con funcionarios corrompidos. Los casos de Bejarano, Ímaz y otros, fueron resueltos en los juzgados. Quienes incurrieron en actos deshonestos fueron separados de sus puestos y enjuiciados; incluso algunos permanecen en la cárcel. No pasó lo mismo con las autoridades priistas y panistas quienes, pillados en actos ilícitos, fueron protegidos: ahí están los casos del Gobernador de Oaxaca, el de Puebla, y el tráfico de influencias del fallecido Mouriño.
Otro factor importante es el bajo perfil que predomina entre la clase política nacional. Sus limitaciones y miserias incrementan la grandeza del ‘Peje’. La frivolidad y la ineficiencia que distingue a los políticos más encumbrados del momento fortalecen la figura del ex Jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Mientras aquéllos se esfuerzan en relacionarse con estrellas del celuloide o en hornear galletas en programas matutinos de Televisa, AMLO se compromete con las causas de los trabajadores y los obreros; como en el caso de los mineros de Cananea quienes recibieron su apoyo incondicional en una huelga que lleva más de 18 meses y en la que, tanto la autoridad local como federal, no se atreven a poner un hasta aquí al inefable dueño de Minera México.
La vigencia de AMLO también tiene que ver con el hecho de que los problemas, lejos de resolverse, se acentúan con el paso del tiempo. Mientras la crisis económica agudiza la pobreza y Calderón titubea, López Obrador plantea un programa de rescate de la economía familiar; en tanto que el Estado naufraga en la guerra contra el crimen organizado el ‘Peje’ propone la reorganización de la estrategia contra las bandas de narcotráfico.
En resumen, las piezas se acomodan para que se sostenga como el político mexicano más importante e influyente en los últimos sesenta años. A este hombre le pasa lo que en un momento determinado le ocurrió al Napoleón Bonaparte, quien después del exilio en la isla Elba, posterior a su malograda invasión del Imperio Ruso, se dirigió a París convencido de que la restauración de los Borbones en el palacio de las Tullerías ponía en riesgo los logros de la revolución. La prensa parisina informaba, en los primeros días del desembarco al puerto de Toulon, que el corso no tenía ninguna posibilidad de recuperar el poder. Mientras avanzaba, los diarios reflejaban cambios notables que culminaron con bendiciones al arribo del emperador a París.
Los problemas nacionales y la decadente clase política mexicana configuran las condiciones para repetir aquí el fenómeno que vivió Napoleón a principios del siglo XIX.